Mayagüez.- En el barrio Río Hondo, en Mayagüez, en Puerto Rico, el bosque no aparece como un accidente geográfico. La gente lo defendió antes de que existiera como proyecto.
Lo imaginó cuando aún era una finca privada y lo sostuvo cuando todo apuntaba a que desaparecería bajo el concreto.
Hace unos 20 años, los residentes supieron que ese terreno —unas 70 cuerdas— iba a convertirse en una urbanización de alto costo. La noticia no llegó sola: también traía el riesgo de agravar problemas de agua potable que ya afectaban a la zona. Entonces, un grupo de vecinos, liderado por Edison Rodríguez, decidió intervenir.
No esperaron. Buscaron al municipio, abrieron diálogo con los dueños y comenzaron una lucha silenciosa, persistente. “Querían desarrollar la propiedad con unas 200 casas, pero eso iba a crear más problemas de los que ya teníamos”, cuenta Víctor M. González, agrónomo y hoy vicepresidente de la junta del bosque.

La finca ya tenía historia. Durante décadas sostuvo cultivos de caña de azúcar, hasta que ese modelo colapsó en los años 70. La tierra quedó abandonada y, poco a poco, la vegetación regresó. Sin intervención humana, el terreno empezó a transformarse en un bosque secundario. La comunidad entendió que ese proceso no debía interrumpirse.
Alabado sea tu nombre
Así nació el Bosque Comunitario de Río Hondo.
El proyecto creció desde abajo. Los vecinos organizaron talleres, levantaron una pequeña infraestructura, convocaron a escuelas, involucraron a niños. Profesionales de distintas áreas —agronomía, biología, economía— se sumaron. Universidades enviaron estudiantes. El bosque dejó de ser solo un espacio natural y se convirtió en un punto de encuentro.

Durante años, la comunidad sostuvo el proyecto con esfuerzo propio y respaldo municipal. Hasta que llegó una oportunidad mayor: el programa de Bosques Comunitarios y Espacios Abiertos del Servicio Forestal Federal.
Después de intentos, tropiezos y hasta el impacto del huracán María en 2017, la compra de la finca se concretó en 2019.
El Servicio Forestal asumió gran parte del costo, con apoyo del municipio de Mayagüez. Desde entonces, el bosque opera bajo un modelo singular: el municipio mantiene la titularidad, pero la comunidad y el Servicio Forestal comparten el manejo y la conservación.
Hoy, Río Hondo es el único bosque comunitario en Puerto Rico y el Caribe formalizado bajo ese programa federal.
Refugio de aves
Pero más allá del reconocimiento, el bosque funciona todos los días.
Se ubica en un punto clave: justo en la transición entre la ciudad y la zona rural de Mayagüez. Esa ubicación le da una identidad particular.
“Es una interfaz entre lo urbano y lo rural”, explica Víctor . Allí, una red de senderos conecta a visitantes con un ecosistema que alberga más de 40 especies de aves, incluyendo 10 endémicas de Puerto Rico.

Es un laboratorio viviente
En el bosque no solo se camina. Se aprende.
Niños observan aves, estudian insectos, identifican hongos. Adultos participan en talleres de huertos caseros, manualidades y conservación. Grupos universitarios desarrollan investigaciones que terminan en tesis y publicaciones científicas. “Esto es un laboratorio viviente”, dice Víctor, sin exagerar .
En los últimos años, la comunidad sembró cerca de 1,200 árboles, muchos de ellos frutales: cacao, café, aguacate, pana, mango. La idea no solo apunta a la reforestación, sino también a la seguridad alimentaria. El bosque produce —o aspira a producir— alimento, conocimiento y oportunidades.
Antes del huracán María, incluso, contaba con un invernadero donde cultivaban hierbas y vegetales que luego vendían en forma de productos como sofritos. La tormenta destruyó esa estructura. Hoy, el proyecto busca reconstruirla, esta vez enfocada en la germinación de árboles endémicos y frutales.
A pesar de los desafíos —huracanes, pandemia, falta de recursos humanos— el bosque sigue activo. Organiza ferias forestales, recibe a cientos de estudiantes y visitantes, y prepara nuevas rutas y experiencias, incluyendo recorridos guiados y actividades nocturnas.
Víctor, que combina su trabajo en la universidad con su rol voluntario, mira el proyecto con orgullo, pero también con urgencia. Sabe que el relevo generacional resulta clave.

“No todo está en el teléfono”, dice cuando habla de los jóvenes. No lo plantea como crítica, sino como invitación. Cree que espacios como Río Hondo pueden ofrecer algo que no se descarga: contacto real, aprendizaje, bienestar.
Y lo resume de una manera que no aparece en ningún informe técnico:
“Esto no se ve en los exámenes médicos, pero mejora la salud física y emocional” .

El Bosque Comunitario de Río Hondo no nació como un proyecto ambiental. Nació como una defensa vecinal. Hoy, dos décadas después, demuestra que una comunidad organizada no solo puede proteger su territorio: también puede transformarlo en futuro.
Para conocer más sobre las actividades en el bosque, síganlos en sus redes sociales: https://www.facebook.com/bosquecomunitarioriohondo