Puerto Rico enfrenta una costa que cambia y montañas cada vez más vulnerables

Puerto Rico enfrenta una costa que cambia y montañas cada vez más vulnerables

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San Juan.- El mar avanza sobre comunidades de Puerto Rico, algunas playas recuperan cada vez menos arena y las acumulaciones de sargazo afectan actividades turísticas y generan preocupación por sus posibles efectos sobre la salud. En las montañas, la erosión y los deslizamientos plantean otro desafío: proteger el suelo que sostiene la producción agrícola y las vías de acceso.

Para Lilian Ramírez, especialista en extensión marina de Puerto Rico Sea Grant, todos esos problemas forman parte de un mismo sistema.

“Lo que pasa en la montaña nos afecta y viceversa”, explicó en entrevista con Qué Pasa.

Una costa que pierde terreno

Ramírez señaló que las marejadas procedentes del norte han provocado cambios continuos en el litoral.

En años anteriores, explicó, una marejada podía llevarse parte de la arena y posteriormente la playa la recuperaba. Ahora observa episodios más frecuentes y una recuperación menor.

“Este año ha sido continuo, continuo, continuo y la recuperación de arena y de esa línea de costa ha sido poca”, indicó.

La situación ya obliga a ejecutar medidas de emergencia en lugares donde el agua se acerca a las viviendas.

“Nos estamos quedando sin esa línea y sin esa orilla”, advirtió.

En Guayanilla, mencionó el caso de la comunidad El Faro, donde las marejadas pueden dejar incomunicados a los residentes. Algunas familias aceptaron ser relocalizadas luego del terremoto M6.1 en enero de 2020, mientras otras decidieron permanecer debido a sus vínculos con la comunidad.

A esto se suma el deterioro de estructuras de cemento dañadas por huracanes que todavía permanecen en algunas zonas de arena, sin que, según Ramírez, exista claridad sobre quién debe retirarlas.

El sargazo golpea al turismo

Otra preocupación llega flotando desde el Caribe.

Ramírez asegura que las arribazones de sargazo se han intensificado principalmente en las costas sur y este. Incluso la Bahía de San Juan y zonas cercanas al Club Náutico registraron acumulaciones recientemente.

El problema va más allá de la apariencia de las playas.

Propietarios de hospederías han relatado a Ramírez que, cuando grandes cantidades de sargazo comienzan a descomponerse, algunos trabajadores presentan tos, ronquera y molestias en la garganta.

El fenómeno también golpea al turismo: los visitantes encuentran playas cubiertas de sargazo y el material en descomposición produce fuertes olores.

Ramírez mencionó investigaciones encabezadas por el doctor Pablo Méndez Lázaro, de la Escuela Graduada de Salud Pública (Recinto de Ciencias Médicas UPR), sobre los efectos que estas arribazones pueden tener en residentes y trabajadores de las zonas costeras.

Manglares bajo presión

En Cabo Rojo, donde reside Ramírez, la especialista ha observado cómo aumenta la mortalidad de manglares en el área de Los Morrillos y las salinas.

Aunque el deterioro ya existía, explicó que después de los huracanes amplias zonas quedaron secas y cada vez entra más agua.

Los terremotos también provocaron subsidencia del terreno en algunas áreas, según explicó, lo que facilita que el mar penetre más tierra adentro durante las marejadas.

Una sequía que expone otros problemas

Puerto Rico también atraviesa problemas relacionados con la sequía y el abastecimiento de agua.

Ramírez considera que el racionamiento no responde únicamente a la falta de lluvia. Señaló problemas de mantenimiento y tuberías con 50, 60 e incluso 70 años de antigüedad, donde parte del agua se pierde antes de llegar a los consumidores.

A ello se suma la acumulación de sedimentos generada por episodios anteriores de lluvias.

La especialista recordó la fuerte sequía de 2015, pero considera que las condiciones actuales obligan a pensar cada vez más en adaptación frente al calor y a periodos prolongados con poca lluvia.

El riesgo también está en la montaña

Mientras el litoral enfrenta erosión y marejadas, el centro de Puerto Rico necesita prepararse para el problema contrario: grandes cantidades de agua cayendo en muy poco tiempo.

Ramírez explicó que Sea Grant promueve prácticas de conservación para disminuir el riesgo de deslizamientos y proteger carreteras, caminos y terrenos agrícolas.

Una de las recomendaciones consiste en evitar desmontar indiscriminadamente la vegetación.

Las raíces ayudan a sostener el terreno y pueden reducir el impacto de lluvias intensas. También permiten proteger las vías que conectan a comunidades rurales con hospitales y otros servicios esenciales.

La especialista advirtió además sobre prácticas inadecuadas al limpiar terrenos agrícolas. Algunos productores contratan maquinaria para preparar una finca sin contar previamente con asesoramiento sobre el cultivo, la pendiente o la técnica que utilizarán.

“Hemos conocido muchos casos de agricultores que han tenido los servicios de operadores de maquinaria para limpiar la finca y la limpieza de la finca ha sido que le han dañado la finca”, explicó.

Cortes incorrectos y modificaciones de las pendientes pueden deteriorar el suelo antes incluso de comenzar la siembra.

Agricultura para enfrentar una emergencia

La conservación del suelo también tiene una dimensión de seguridad alimentaria.

Ramírez señaló que Puerto Rico depende ampliamente de alimentos importados. Por ello, un huracán capaz de inutilizar puertos, aeropuertos u otra infraestructura crítica podría interrumpir la llegada de productos.

La especialista sostuvo que la isla necesita impulsar una agricultura sostenible, proteger los suelos y aumentar la capacidad de producir alimentos localmente.

La agroforestería figura entre las prácticas que promueve el proyecto que coordina. La combinación de árboles, cultivos y otras técnicas de conservación puede ayudar a proteger el terreno frente a lluvias extremas y disminuir la pérdida completa de una cosecha.

El problema adquiere mayor importancia cuando un periodo prolongado de sequía termina abruptamente con lluvias intensas. Un suelo muy seco y vegetación debilitada pueden responder peor a una gran cantidad de agua en pocas horas.

Adultos mayores ante los desastres

La vulnerabilidad de Puerto Rico tampoco depende exclusivamente de su geografía.

Ramírez señaló que la salida de población joven dejó a numerosos adultos mayores viviendo solos mientras sus hijos o familiares permanecen en Estados Unidos.

Esa realidad obliga a preguntarse quién los ayudará ante un huracán, un terremoto o una ola de calor.

Sea Grant busca información y alternativas para mejorar esas redes de apoyo y trabaja con otros sectores, incluidos hospitales, para identificar necesidades.

Infraestructura todavía vulnerable

Ramírez recordó que en 2027 se cumplirán diez años del huracán María y sostuvo que todavía existen deficiencias en infraestructura crítica, incluida la red eléctrica, el sistema de agua potable, hospitales y carreteras.

Fotografía del 16 de septiembre de 2020 que muestra una casa afectada en el 2017 por el paso del huracán María en el pueblo de Yabucoa (Puerto Rico). EFE/Thais Llorca

La especialista también cuestionó proyectos de canalización de ríos cuando las comunidades presentan alternativas que, según ellas y los expertos que las asesoran, responden mejor a las características del territorio.

Para Ramírez, la planificación pública debería escuchar con mayor atención el conocimiento acumulado por quienes viven en esas zonas.

“Tenemos que unirnos todos”

Después de más de dos décadas trabajando con comunidades, Ramírez resume el desafío en una idea: Puerto Rico no puede tratar la montaña y la costa como territorios independientes.

“Tenemos que unirnos todos en promover lo que es la conservación, no solamente de los océanos, sino de la isla entera”, afirmó.

Proteger las costas permite conservar ecosistemas marinos y fuentes de alimentos. Cuidar las montañas ayuda a preservar tierras agrícolas, reducir deslizamientos y evitar que grandes cantidades de sedimentos terminen en los cuerpos de agua.

Ramírez considera que Puerto Rico necesita impulsar un desarrollo económico sustentable que incorpore la conservación como parte de sus decisiones.

La razón, sostiene, se vuelve especialmente evidente después de cada desastre.

“Tenemos que, con lo poco que tenemos, poder ser más proactivos en promover la protección tanto de esos recursos marinos como también los de la montaña”, afirmó.

Porque en una isla de dimensiones reducidas, concluyó, lo que ocurre en la montaña termina afectando a la costa, y lo que sucede en la costa repercute en el resto de Puerto Rico.

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