Finca KyV del Caribe: producir con consistencia en la montaña de Adjuntas

Finca KyV del Caribe: producir con consistencia en la montaña de Adjuntas

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Adjuntas.- En las montañas de Adjuntas, a unos 700 metros sobre el nivel del mar, Francisco Arroyo camina su finca todos los días. Observa las hojas, revisa el color del tallo, mide la humedad de la tierra con la experiencia que dan tres décadas de trabajo agrícola. No improvisa. Planifica, corrige y vuelve a sembrar.

Su proyecto se llama Finca KyV del Caribe. Las siglas nacen de una historia familiar: “K y V es Kiko y Vivian. A mí me dicen Kiko”, cuenta.

En los años noventa inició con cabras lecheras, elaboró queso, jabones y leche fresca. En 2004 vendió esa operación y se trasladó a Florida, donde decidió concentrarse en hortalizas y en un modelo de agricultura apoyada por la comunidad (CSA, por sus siglas en inglés): los clientes pagaban por adelantado y recibían cajas semanales de productos frescos.

“Recolectábamos el dinero antes de sembrar. Eso nos daba estabilidad. Era ejecutar y entregar”, resume en entrevista con Qué Pasa.

El modelo funcionó durante casi una década.

Regresó a Puerto Rico en 2016 con la idea de replicar parte de esa experiencia. Buscó un microclima que le permitiera producir casi todo el año y lo encontró en la montaña adjunteña. Aquí, explica, no existen estaciones marcadas, sino periodos de lluvia y sequía. “Uno tiene que planificarse diferente. El trópico no perdona la improvisación”.

El huracán María, los terremotos y luego la pandemia retrasaron sus planes. Aun así, decidió avanzar paso a paso. Invirtió, probó cultivos, ajustó calendarios y fortaleció una relación comercial con un distribuidor en San Juan que vende en línea y abastece restaurantes y supermercados. “Pensé que lo lograríamos en cinco años. Tomó diez. Pero va caminando”.

Alimentos que produce la finca KyV del Caribe.

El valor del microclima y la consistencia

En su finca cultiva brócoli, coliflor, apio, perejil, remolacha y zanahoria. La altitud le ofrece noches frescas que reducen el estrés de las plantas. “Lo importante no es sembrar mucho. Es vender 52 semanas al año. La consistencia es la clave”, afirma.

Para él, la horticultura exige disciplina diaria. “Es 80% observación y 20% ejecución. No es sembrar y volver el fin de semana. Si no miras la planta todos los días, no sabes dónde fallaste”.

Francisco contanto su experiencia a otros agricultores en 2014.

Ese enfoque técnico lo llevó a proponer el llamado “Proyecto Modelo Adjunteño”: incentivar a caficultores de la zona a destinar pequeños espacios a hortalizas de ciclo corto, con asesoría técnica, plántulas y comprador asegurado. La respuesta no prosperó como esperaba. Aun así, mantiene la convicción de que diversificar puede fortalecer el ingreso rural.

“No todo el mundo tiene la misma visión. Pero la herramienta está ahí”, señala.

Dos modelos, un punto medio

Arroyo identifica dos grandes corrientes en la agricultura local: el modelo convencional, de capital intensivo y alta escala, y el agroecológico artesanal. Ambos, dice, tienen fortalezas y límites.

El primero requiere inversión sólida, planificación comercial y volumen. El segundo promueve cercanía comunitaria, pero depende de mucha mano de obra y voluntariado. “Yo trato de estar en el medio: usar tecnología, reducir dependencia laboral y mantener un enfoque comercial realista”.

La escasez de trabajadores agrícolas representa uno de los mayores retos. Sin mano de obra constante, ningún modelo escala. “Sin consistencia no hay mercado estable”, insiste.

Más educación, menos dependencia

Tras 30 años en el campo, Arroyo sostiene que el problema no se resuelve con más subsidios. Reconoce que las ayudas han existido y que muchos agricultores han recibido equipos y fondos. Pero subraya que la transformación requiere educación, planificación y cultura de mercado.

“Si la generación dejó de fumar y cambió hábitos de consumo, también puede cambiar la forma de ver la comida local”, reflexiona. A su juicio, Puerto Rico necesita fortalecer el mercado interno, apostar por valor agregado y fomentar una compra local basada en salud y calidad, no solo en precio.

Frente a la competencia importada, propone estrategia en lugar de confrontación: nichos específicos, diferenciación, venta directa y constancia.

Agricultura como estilo de vida

A sus 58 años, Arroyo define la horticultura como un estilo de vida. “Yo vivo de la hortaliza porque como de aquí”, dice. No romantiza el oficio: reconoce el peso de la naturaleza, la volatilidad del clima y la fragilidad de los planes. Pero tampoco se instala en la queja.

“Todo lo que se siembra se vende. El reto es la escalabilidad”, afirma.

Desde la montaña de Adjuntas, su mensaje combina realismo y responsabilidad individual. Cree en la capacitación, en la tecnología bien aplicada y en la disciplina diaria. Cree en observar antes de actuar. Y sobre todo, cree en producir con consistencia.

Para él, el futuro de la agricultura puertorriqueña no depende solo de políticas públicas. Depende de agricultores que decidan sembrar con visión empresarial, educarse constantemente y asumir que la tierra exige compromiso todos los días del año.

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